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3 Dichos que A MÍ no me ayudaron

Mayo 4, 2026 · 8 min de lectura

3 Dichos que A MÍ no me ayudaron
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Hay consejos que sobreviven precisamente porque contienen algo de verdad, aunque el problema comienza cuando esa verdad parcial se convierte en una regla aplicable a cualquier persona y circunstancia. A lo largo de mis no tan extensos años de vida he recibido varios de estos consejos, normalmente de personas que genuinamente querían ayudarme y que los presentaban como conclusiones ya resueltas por la experiencia: "tienes que aprender a ser hipócrita", "estar solo es terrible" o "haz lo que puedas, con eso basta". Ninguno es completamente absurdo, pero los tres terminaron siendo insuficientes cuando intenté aplicarlos literalmente a mi vida.

Lo entendí particularmente cuando entré a la facultad de Medicina y me mudé de provincia. Salir de mi "rutina de personas" significaba conocer gente nueva y, según mi imaginación de ese momento, encontrarme con personas llenas de experiencias, ideas y cualidades que aportarían muchísimo a los siguientes años de mi vida. Algunas lo hicieron, otras me enseñaron cosas de maneras bastante menos agradables y, entre ambas experiencias, empecé a descubrir que varias reglas sociales que había aceptado necesitaban bastante más contexto del que inicialmente parecía.

Mi primera reacción ante esta idea fue rechazarla. La hipocresía implica fingir sentimientos, opiniones o cualidades que realmente no tenemos y, formulada de esa manera, no parece precisamente una virtud que uno quisiera desarrollar. Sin embargo, detrás del consejo había una observación que tardé bastante más en entender: convivir con otras personas exige cierta administración de aquello que pensamos, porque ser sincero no significa necesariamente verbalizar cada juicio que aparece en nuestra cabeza.

Cuando me mudé para estudiar empecé a notar pequeñas mentiras, omisiones y gestos de conveniencia que parecían formar parte natural de muchas relaciones entre compañeros, docentes y amigos, algo que inicialmente me molestaba porque interpretaba cualquier diferencia entre lo pensado y lo dicho como una forma de falsedad. Mi respuesta fue intentar hacer exactamente lo contrario y terminé confundiendo honestidad con ausencia de prudencia: si pensaba algo, creía que decirlo directamente era casi una obligación moral, independientemente del momento, de la persona o de si mi opinión aportaba algo.

El resultado fue bastante predecible. Tuve problemas con compañeros, hice sentir mal a personas que apreciaba y perdí algunas amistades que en su momento me dolieron bastante, aunque sería cómodo concluir que todo ocurrió porque "la gente no soporta la verdad". En algunos casos probablemente yo tenía razón respecto al contenido de lo que decía y aun así estaba equivocado respecto a la necesidad o la manera de decirlo, porque una verdad puede ser cierta y simultáneamente innecesaria, inoportuna o expresada con una crueldad que no añade nada a su veracidad.

Ser sincero no es decir todo lo que se piensa, sino no decir nunca lo contrario de lo que se piensa.

André Maurois

Ahí apareció una distinción que me habría resultado bastante más útil que aprender a "ser hipócrita". Comencé a construir una especie de balanza mental antes de hacer determinados comentarios, considerando qué quería conseguir diciendo algo, qué consecuencias podía producir y si existía una manera más adecuada de expresarlo sin necesidad de mentir. A veces eso significa callarme algo y otras significa decir exactamente lo que pienso, aunque procurando que la honestidad no se convierta en una excusa elegante para ser un hijueputa.

No creo, por tanto, que haya aprendido a ser hipócrita. Aprendí algo menos extremo y probablemente más difícil: no todo lo verdadero necesita ser dicho, no todo lo que callamos constituye una mentira y decir la verdad tampoco nos libera de responsabilidad por la manera en que decidimos hacerlo.

Este consejo me afectó de una manera diferente porque durante una etapa de mi vida realmente tuve miedo de estar solo. Cuando comencé mi "etapa social", aproximadamente a los dieciséis años, tenía poca experiencia relacionándome con grupos diferentes y no terminaba de encajar en muchos de ellos, de modo que progresivamente empecé a tratar la compañía como evidencia de que estaba haciendo algo bien y la soledad como señal de que había algún problema conmigo.

La contradicción apareció cuando finalmente conseguí tener una vida más social y empecé a extrañar el tiempo que pasaba conmigo mismo. Después de varias horas acompañado quería estar solo y, después de varias horas solo, podía volver a aburrirme y querer compañía, una situación bastante obvia vista desde ahora pero que entonces me costaba aceptar porque intentaba decidir cuál de las dos formas de vivir era "la correcta". En realidad, probablemente ninguna podía satisfacerme permanentemente porque compañía y soledad responden a necesidades distintas.

También conviene distinguir estar solo de sentirse solo. Podemos pasar una tarde completamente solos y disfrutarla, del mismo modo que podemos estar rodeados de personas y experimentar una sensación bastante desagradable de desconexión, por lo que reducir la felicidad al número de personas que tenemos alrededor dice poco sobre la calidad de esos vínculos o sobre nuestra relación con nosotros mismos.

Estar a solas puede proporcionar algo que la compañía difícilmente ofrece de la misma manera: un espacio donde no necesitamos reaccionar constantemente ante otras personas y podemos observar qué queremos cuando nadie está decidiendo el ritmo por nosotros. Sin embargo, tampoco quiero romantizarlo. Demasiado aislamiento puede hacernos daño y las relaciones humanas cumplen funciones emocionales que no podemos sustituir simplemente aprendiendo a disfrutar nuestra propia compañía, de modo que mi conclusión terminó siendo bastante menos interesante que "aprende a estar solo": necesito ambas cosas y necesito aprender a reconocer cuándo estoy buscando una porque realmente la quiero y cuándo lo hago para escapar de la otra.

Este probablemente sea el dicho con el que todavía tengo una relación más complicada. "Haz lo que puedas" puede ser una frase razonable cuando alguien está exhausto, atravesando una situación difícil o simplemente necesita aceptar que existen límites reales, pero utilizada como filosofía permanente puede convertirse en una manera bastante cómoda de no descubrir cuánto podríamos desarrollar nuestras capacidades.

Una parte importante de conocerme ha ocurrido precisamente cuando algo me exigió más de lo que inicialmente creía poder hacer. Estudiar más, asumir una responsabilidad para la que no me sentía completamente preparado o intentar algo con una posibilidad considerable de fracasar me ha obligado a descubrir capacidades que difícilmente habría encontrado permaneciendo siempre dentro de aquello que ya sabía hacer. En ese sentido sigo creyendo que cierta incomodidad es necesaria para crecer, porque nuestra percepción de los propios límites no siempre coincide con los límites reales.

Sin embargo, aquí también he cambiado de opinión. Antes habría resumido todo esto diciendo "da lo que puedas y un poco más", como si el sacrificio tuviera una relación matemática con el progreso y cualquier esfuerzo adicional fuera necesariamente beneficioso. Ya no estoy completamente seguro. Podemos trabajar muchísimo en la dirección equivocada, insistir cuando deberíamos cambiar de estrategia o convertir el agotamiento en una especie de prueba moral de que realmente queremos algo, aunque ninguna de esas cosas garantiza que estemos mejorando.

La experiencia puede mostrarnos que éramos capaces de más, pero también puede enseñarnos que determinado límite existía por una buena razón. Por eso ahora me interesa menos preguntarme cuánto más puedo soportar y más preguntarme qué estoy desarrollando mediante ese esfuerzo. Si exigirme un poco más aumenta mi capacidad, disciplina o conocimiento, probablemente exista algo valioso ahí; si únicamente consigo estar más cansado haciendo exactamente lo mismo, quizá no estoy superando un límite sino administrándome mal.

Los tres consejos terminaron fallándome por una razón parecida: intentaban convertir problemas complejos en reglas demasiado sencillas. Necesitaba honestidad, pero también prudencia; necesitaba aprender a estar solo, pero no convencerme de que no necesitaba a nadie; necesitaba exigirme, aunque sin confundir sufrimiento con progreso. En cada caso el error estuvo menos en el consejo que en tomarlo como una verdad independiente del contexto.

Supongo que por eso ahora desconfío un poco de cualquier consejo que promete funcionar "siempre". Incluso lo que acabo de escribir aquí proviene de mis circunstancias, mis errores y la manera provisional en que he aprendido a interpretarlos, de modo que sería bastante contradictorio terminar convirtiendo mis conclusiones en tres nuevas leyes para los demás. Algunas me han servido y probablemente vuelva a corregirlas con el tiempo.

Por ahora me basta con algo más modesto: ser sincero sin sentir que tengo que decirlo todo, disfrutar mi propia compañía sin utilizarla para aislarme y exigirme sin convertir el agotamiento en una virtud. No son consejos tan fáciles de poner en una frase, pero precisamente por eso se parecen un poco más a la vida que he tenido que aprender a vivir.

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