Si eres como yo, probablemente la autocrítica te haya dado dolores de cabeza más de una vez. En mi caso, criticarme a veces parece un deporte olímpico en el que llevo varios años defendiendo el título. Basta equivocarme en algo para que aparezcan pensamientos como "¿por qué no pude hacer esto bien?", "otra vez fallé en esta vaina" o, en días particularmente generosos conmigo mismo, "siempre la misma huevada".
Durante bastante tiempo pensé que el problema era simplemente ser demasiado autocrítico y que la solución consistía en aprender a tratarme mejor. Todavía creo que hay algo de cierto en eso, pero ahora me parece una explicación incompleta. La autocrítica no es necesariamente el problema. Ser capaz de observar nuestros errores, reconocer nuestras limitaciones y admitir que pudimos haber hecho algo mejor es una capacidad bastante útil. La dificultad aparece cuando dejamos de evaluar lo que hicimos y comenzamos a utilizarlo como evidencia de lo que somos.
Criticarse no es lo mismo que evaluarse
Existe una diferencia importante entre pensar "hice esto mal" y concluir "soy malo haciendo esto". La primera afirmación describe un resultado y, al menos en principio, permite investigar qué ocurrió. La segunda convierte ese resultado en una definición personal. Si además pasamos de "me equivoqué esta vez" a "siempre me equivoco", hemos conseguido transformar un error concreto en una teoría bastante pesimista sobre nuestra propia existencia.
Lo curioso es que solemos justificar esa dureza como una forma de exigencia. Parece razonable pensar que, si dejamos de castigarnos por nuestros errores, eventualmente nos volveremos conformistas. Sin embargo, no estoy completamente seguro de que funcione así. Una crítica solo resulta útil cuando contiene información que podemos utilizar. Decirme veinte veces que soy un idiota porque hice algo mal puede hacerme sentir muy culpable, pero la culpa y el aprendizaje no son necesariamente la misma cosa.
La pregunta que intento hacerme ahora es bastante más concreta: "¿Qué salió mal y qué puedo modificar la próxima vez?". A veces la respuesta es incómoda. Quizá procrastiné, no me preparé suficientemente, actué impulsivamente o simplemente la cagué tomando una decisión que, incluso con la información disponible, pude haber pensado mejor. Reconocerlo no requiere inventar una explicación amable para absolverme de toda responsabilidad. Requiere algo más difícil: identificar mi responsabilidad sin convertirla en desprecio hacia mí mismo.
El problema con nuestra voz interna
También he descubierto que el tono importa, aunque no porque tengamos que hablarnos como si fuéramos nuestro propio coach motivacional. No necesito mirarme al espejo cada mañana y explicarme que soy extraordinario. Me basta con intentar que lo que me digo sea razonablemente cierto.
"Nunca hago nada bien" casi nunca es cierto. "He estado mejorando poco a poco" tampoco tiene por qué serlo si realmente no he mejorado. Una alternativa bastante menos emocionante, pero mucho más útil, podría ser: "Esto salió mal, estas fueron probablemente las razones y esto es lo que puedo intentar diferente". No suena particularmente inspirador, pero contiene información.
Pensar en cómo hablaría con un amigo también me ha servido para notar esta diferencia. Probablemente no le ocultaría que cometió un error si realmente creo que lo hizo, pero tampoco utilizaría ese error para hacer una evaluación completa de su inteligencia, su carácter y sus posibilidades futuras. Curiosamente, conmigo puedo hacer las tres cosas antes del desayuno.
Reconocer lo que funciona también es información
Existe además un sesgo extraño cuando evaluamos nuestro progreso: los errores parecen necesitar explicación, mientras los aciertos se aceptan rápidamente y desaparecen. Si algo sale mal, puedo analizarlo durante horas; si algo sale bien, mi cerebro tiene una capacidad admirable para concluir que "era lo mínimo que tenía que hacer" y continuar buscando el siguiente problema.
Por eso reconocer los logros no debería entenderse únicamente como una práctica de autoestima. También es una cuestión de precisión. Si quiero evaluar honestamente mi comportamiento, ignorar aquello que hice bien distorsiona el análisis tanto como ignorar mis errores. Felicitarme (¡felicítate, chucha!) no significa convencerme de que todo lo hago increíble, sino aceptar que una evaluación razonable también tiene que registrar aquello que funcionó.
Aprender a no castigarme dos veces
Hace no mucho tiempo pasé por una etapa en la que estaba siendo particularmente duro conmigo mismo. Había situaciones externas que ya eran suficientemente complicadas y, sin darme mucha cuenta, añadía una segunda dificultad: interpretar cada equivocación como confirmación de que algo estaba mal conmigo. Era una especie de castigo doble. Primero estaba el problema y después estaba todo lo que yo concluía sobre mí por tener ese problema.
No puedo decir que haya dejado de hacerlo. Sería mentira y, además, bastante irónico escribir un artículo sobre autocrítica para después exigirme haberla resuelto por completo. Lo que sí he aprendido es a intentar detener el proceso un poco antes. Cuando algo sale mal, trato de separar el hecho de la interpretación: qué ocurrió, qué parte dependía de mí, qué podría haber hecho diferente y qué estoy agregando después simplemente porque estoy frustrado.
A veces encuentro algo que necesito cambiar. Otras veces descubro que estoy intentando extraer una conclusión enorme de un error bastante pequeño. Ambas respuestas son útiles porque la finalidad de examinarme no debería ser demostrar que soy mejor o peor de lo que pensaba, sino comprender con mayor precisión qué puedo modificar.
Por eso ya no estoy tan interesado en eliminar mi autocrítica. Probablemente tampoco podría hacerlo aunque quisiera. Me interesa aprender a distinguir entre una crítica que proporciona información y una que simplemente repite una condena. Puedo reconocer que hice algo mal, asumir las consecuencias e intentar hacerlo mejor la próxima vez sin necesitar convertirme a mí mismo en el siguiente problema que tengo que resolver.
Todavía la cago. Todavía me critico más de la cuenta. La diferencia es que progresivamente intento que, cuando ocurra, por lo menos la crítica sirva para algo.



