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Mientras todavía ocurría

Agosto 26, 2026 · 4 min de lectura

Mientras todavía ocurría

Hay personas cuya llegada a nuestra vida puede fecharse con bastante precisión y otras que, sin haber protagonizado ningún acontecimiento extraordinario, terminan instalándose lentamente en nuestra memoria. Siempre me ha parecido curioso ese proceso. Uno continúa con sus días, ocupado en asuntos aparentemente más urgentes, mientras alguien va adquiriendo importancia de una manera tan gradual que resulta imposible identificar el momento exacto en que dejó de ser una persona cualquiera. No existe una ceremonia para esas cosas. Solo llega un día en que sucede algo interesante, absurdo o mínimamente importante y, antes incluso de pensarlo demasiado, sabes a quién quisieras contárselo.

Quizá por eso he aprendido a desconfiar un poco de las historias que comienzan con demasiadas certezas. Las personas tenemos una facilidad admirable para prometer futuros cuando apenas conocemos el presente. Decimos “siempre” con una ligereza estadísticamente injustificable y tratamos de definir relaciones que todavía están aprendiendo a existir. Con el tiempo he empezado a encontrar más valioso lo contrario: conocer a alguien sin apresurar las conclusiones, permitir que la cercanía encuentre su propia medida y aceptar que no todo vínculo necesita inmediatamente un nombre para demostrar que tiene significado.

Hay algo particularmente bonito en descubrir a una persona de esa manera. No como quien encuentra una respuesta que llevaba años buscando, porque sería concedernos demasiada importancia, sino como quien encuentra una buena conversación en un lugar donde no esperaba quedarse demasiado tiempo. De pronto aparecen ideas nuevas, ciertas horas se vuelven más agradables y algunos días ordinarios adquieren pequeños detalles que uno termina recordando. Nada espectacular. Probablemente ahí está precisamente su mérito. La vida real rara vez se parece a las historias que escribimos sobre ella y, cuando verdaderamente es buena, muchas veces ni siquiera necesita parecerlo.

No sé qué terminará significando todo esto dentro de algunos años y me parece intelectualmente más honesto admitirlo que inventar una respuesta hermosa. Tenemos una obsesión extraña con conocer el desenlace mientras todavía estamos viviendo los primeros capítulos, como si saber cuánto durará algo determinara cuánto vale. Yo ya no estoy tan seguro. Algunas cosas fueron importantes precisamente porque existieron en un momento concreto; otras sobreviven a versiones de nosotros que todavía ni siquiera conocemos. Pretender distinguir unas de otras mientras ocurren probablemente sea pedirle demasiado al presente.

Lo que sí sé es que existen encuentros cuya improbabilidad merece cierta gratitud. Basta pensar en la cantidad absurda de decisiones, lugares, errores, casualidades y segundos que tienen que coincidir para que dos personas terminen compartiendo una parte de sus vidas. Podríamos haber nacido en otras ciudades, elegido otros caminos, llegado unos minutos antes o unos años después. Sin embargo, entre todas esas posibilidades que nunca ocurrieron, ocurrió esta. No creo necesariamente en el destino, pero reconozco que algunas coincidencias saben comportarse como si quisieran hacernos dudar.

Por eso no quisiera convertir estas palabras en una declaración ni en una promesa. Ambas cosas exigirían respuestas que todavía no necesito. Prefiero que sean simplemente el registro de una certeza mucho más modesta: me alegra haberte encontrado. Me alegra haber conocido una mente que todavía quiero seguir descubriendo, haber tenido conversaciones que no sentí como tiempo perdido y haber encontrado una presencia que consiguió hacerse familiar sin volverse predecible. Hay una intimidad particular en querer seguir conociendo a alguien cuando ya podrías conformarte con la versión que conoces.

Tal vez dentro de mucho tiempo recuerde esta etapa con una precisión sorprendente o quizá la memoria haga lo que siempre hace y conserve únicamente fragmentos: una frase, una noche cualquiera, alguna conversación cuyo tema habremos olvidado pero no la sensación que dejó. No me preocupa demasiado. La memoria nunca ha sido un archivo especialmente competente; selecciona, exagera, elimina y reconstruye. Aun así, sospecho que conservará lo esencial: hubo una época de mi vida en la que alguien apareció sin grandes anuncios y consiguió importarme más de lo que inicialmente había previsto.

No necesito saber todavía qué nombre tendrá eso cuando lo mire desde el futuro. Hay preguntas que pierden belleza cuando se responden demasiado pronto. Por ahora prefiero esta incertidumbre tranquila, esta posibilidad todavía sin concluir y la extraña fortuna de haber coincidido en un mundo donde casi todo lo verdaderamente importante dependió alguna vez de una casualidad.

Después de todo, entre millones de personas a las que nunca conoceremos, lugares en los que jamás estaremos y vidas que pudieron transcurrir sin rozarse siquiera, nosotros tuvimos la improbable oportunidad de encontrarnos.

Y me parece suficiente razón para escribirlo.

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